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thelema en español: El catalizador (Thelémica historia de amor) parte 3

domingo, 12 de julio de 2009

El catalizador (Thelémica historia de amor) parte 3

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La siguiente es una historia de amor "El catalizador", ambientada en Mérida Yucatán. No hay muchas historias de amor que sean thelemicas, ésta es una. Tiene una extensión de 34 páginas en Word, por lo tanto la iré publicando por entregas.

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Sábado
Patricio Vol un día antes del huracán
Alistar se había vuelto huracán de categoría dos y toda la oficina hablaba de eso. El negocio vendía docenas de persianas metálicas. Elsa cargó más trabajo al escritorio de Patricio y le informó que tendría que mover varias cajas de archivo muerto en el sótano, para hacer lugar a los productos por entregar. La posibilidad de robar el local se hacía cada vez más atractiva. Al principio le había parecido una ilusión absurda, pero Rodrigo tenía un buen punto, si algo iba a mejorar sus ánimos y cobrar venganza, sería robarles. El dinero estaba asegurado, nadie perdería ni un centavo, a excepción de la aseguradora, quien ni siquiera lo sentiría.
- ¡Patricio deja de soñar despierto!- Elsa le cargó de nuevas facturas.- Dame el oficio del señor Mena.
- Aquí está.- Elsa lo empujó con su gordura para acercarse a la impresora.
- ¿Qué es esta letra?
- Arial 12, como siempre.
- Pues no la puedo leer, está muy chiquita.
- Es la misma de siempre.
- ¿Y? Cambia las letras, más grandes. Y quiero que salga a color.
- Pero la impresora es blanco y negro.
- Pato, no quiero oír excusas, tu actitud deja mucho que desear. Si quiero a color, me das a color. Susanita tiene a color.
- Sí, claro.
- Y no lo olvides, tu trabajo pende de un hilo.

Lo iban a despedir, no había duda. Si había un momento para ejercer su venganza, era ahora. Cambió las letras e imprimió los reportes en la impresora de la secretaria, quien no dejaba de hablar sobre su novio. No le prestó atención, pensaba en dejar su marca. Se imaginó a si mismo sobre su escritorio sosteniendo una metralleta, gritando y disparando al techo. Todos le temerían, todos sabrían que Patricio Vol es un hombre al que se le debe temor y respeto. No podría alardear frente a ellos, sosteniendo fajos de billetes en las manos, pero él sabría la verdad y con eso le bastaba. Al llegar su hora de comida, cuando todos los demás trabajadores ya se habían ido, trató de relajarse, pero Elsa se sentó cerca de él para masticar su comida.
- A mi sobrino le gustaría conocerte.
- ¿Ah sí, y eso porqué?- Patricio estaba inseguro de si seguir trabajando o largarse de ahí, y la conversación de Elsa la vaca le obligaba a quedarse.
- Siempre ha querido trabajar aquí y me gustaría que le enseñaras la empresa. Sería como un favor para mí.
- Claro.- Dijo en voz alta, pero por dentro pensaba algo muy diferente “si quisiera hacerte un favor te daría una liposucción y un tiro en la cabeza”. A través del ventanal vio a Rodrigo, quien le saludó desde la calle.- Tengo que irme.
- ¿Y el trabajo?
- Es mi hora de comida, el trabajo estará aquí cuando vuelva.- Elsa le miró ofendida, pero no le dio importancia. El mejor momento de su día era divertirse con su vecino, y no iba a desperdiciarlo por su trabajo sin futuro.
- ¿Estabas ocupado?- Rodrigo y Patricio compraron sendas tortas en un pequeño puesto cerca de ahí y caminaron alrededor de Persianarte.
- Estaba muerto de hambre, ¿pero tú no tendrías que estar en el trabajo?
- El huracán, nos mandaron todos a casa. Ya me iba a mi casa cuando se me ocurrió pasar por aquí y ver si ustedes seguían trabajando.
- Vendemos cortinas de metal, eso se vende como pan caliente en esta época del año.- Patricio se sentó en la silla del velador nocturno en la salida trasera del negocio, mientras que Rodrigo se quedó en el suelo.
- ¿Qué crees?
- No me dejes en suspenso, ¿hablaste con Gina?
- Ella no se acordó de ti, no quiere verte.- Le miró fijamente, tratando de ocultar su sonrisa.
- Ya, en serio, ¿qué dijo?
- ¡Claro que se acuerda de ti! Se muere por verte. Casi me saca el aire a golpes por no decirle que tú eres mi vecino. Te invita la cena esta noche, el Buda Wok a las nueve. Antes que lo cierren por el huracán.
- Claro que sí, ahí estaré. Ese lugar es caro, ¿ella tiene mucho dinero? Me refiero que, obvio pagaré por ella lo que ella quiera, pero espero que no se espere con un millonario.
- Ella no es así, olvídate. Quiere verse linda para ti, por eso lo escogió. ¿Por qué crees que tomó la iniciativa?
- ¿Tú crees?
- Si no estuviera segura te habría dado su número, dejarte que seas tú el nervioso que tartamudea al invitarle una taza de café.
- No lo puedo creer, Gina…
- ¿Vas a estar bien? Tienes cara como que te vas a orinar de felicidad.
- Creo que ya me oriné.- Bromeó Patricio. Estaba emocionado, extático, fuera de sí.- ¿Sabes qué? Al demonio, sí me voy a robar el dinero de la caja fuerte.
- ¿Eso? Sabes que lo decía en broma, ¿verdad?
- Quizás, pero entre broma y broma la verdad se asoma. Mi supervisora quiere traer a su sobrino a que aprenda lo que yo hago, es decir, me van a despedir después del fin de semana.
- Muy bien Robin Hood, ¿y cómo planeas hacerlo?
- Mañana domingo no hay nadie. Normalmente dejan un guardia, bastante avispado, pero por el huracán no creo que venga. Si viene, pues ni modo, me doy media vuelta y me voy. ¿Ves esa puerta?- Señaló a una pesada puerta negra con tres cerrojos.- Dos de los cerrojos son de fantasía, yo tengo una copia de la llave.
- ¿No crees que eso te vuelve sospechoso?
- Para nada, Elsa me pidió que duplicara una llave. Me pidió tres llaves, así que dupliqué tres veces. Al parecer ella quiso decir dos copias y el original, por lo que se me olvidó darle la llave. No tendría que haber delegado esa responsabilidad, el jefe se la pidió a ella personalmente. Lo mejor de todo, fue hace tres meses, nadie se acuerda de mí.
- Vaya, parece que lo has pensado mucho. ¿El dinero está botado por ahí o qué?
- Toda la mañana. Y no, está en una caja fuerte. Yo sé la combinación.
- Déjame adivinar, te sabes la combinación casi por azar.
- Exacto.- Rodrigo se estiró un poco hasta tomar un periódico que el guardia había dejado cerca de su silla.
- Mira esto.- Extendió la página principal de “La República” y se la fue leyendo.- “Gonzalo Farjat secuestrado. Saidén promete resolución expedita. Gobernadora se reúne con la familia Farjat.” Secuestraron al hijo del dueño de Gran Farjat. Seguramente pensaron que se saldrían con la suya, ahora mira la tormenta que tienen encima.
- ¿Y qué? No voy a lastimar a nadie, y ni me importa cuánto dinero haya, solo quiero dejar mal parada a Elsa. Esto de Gina es un mensaje del cielo.
- Pato, a trabajar.- Elsa se asomó y le tronó los dedos.
- Nos vemos luego Ro.
- Buena suerte con Gina.
- Ya regresaron todos.- Dijo Elsa.- ¿Sabes qué Pato? Tienes que empezar a esforzarte por tu trabajo, hacer lo mínimo necesario es de zánganos.
- Sí, lo prometo.
- Se necesitan más que palabras. ¿Sabes que voy a hacer mañana?- “¿Comer mi peso en chocolates?” Pensó Patricio.- Voy a estar aquí. El guardia no quiere quedarse, cree que el huracán pegará mañana. Él hace el mínimo necesario. Yo estaré sentada al lado de la caja fuerte, porque me esfuerzo.
- Bueno saberlo.- Dijo Patricio, sin ánimos.

Elsa siempre le destrozaba sus ánimos. Si no se estaba burlando de él frente a sus compañeros de trabajo, lo estaba humillando, cargando de trabajo o amenazándolo constantemente con despedirlos. El malhumor de Patricio duró poco, tenía una cita con Gina y nadie podría arruinar eso. ¿Qué importaba si no podía vengarse de Elsa? Tendría a Gina y, el día que lo despidieran, estaría sonriendo por tener el amor de la mujer más hermosa que había visto. Penélope quedaría para siempre olvidada, su turbulento pasado amoroso se borraría.

Gina representaba su salvación y cada minuto que pasaba lo ponía más ansioso. Hizo todo lo que la vaca Elsa le ordenó, su mente divagando en Gina y en su profundo amor nacido en la infancia. Elsa trató de retenerlo por una hora más, pero Patricio tomó sus cosas y se fue a casa sin preguntar. Sus demás compañeros ya hacía una hora se habían ido, dejando solos al tesorero y a Elsa soltando amenazas.

Llegó media hora más temprano, vistiendo lo mejor de su guardarropa y Gina ya estaba ahí. Antes de entrar sonó el celular, la mamá de Penélope. ¿Le había pedido que hiciera su trabajo sucio por ella? Sólo había una manera de saberlo.
- ¿Bueno?
- ¿Patricio? Qué bueno que te encuentro, ¿has visto a Penélope?
- Sí, ayer pasó a verme al trabajo. ¿Todo bien?
- No sé, no la he visto. Ya sabes cómo es ella, le gusta esconderse unos días. Se llevó una maleta y algunos de sus libros.
- No se va lejos.
- No, yo sé que no. Pero estoy preocupada, está a punto de dar a luz y lo que más me asusta es que han venido varias personas a la casa a preguntar por ella.- Patricio se detuvo un segundo y regresó unos pasos, para que Gina no pudiera verle.
- ¿Cómo que preguntaron por ella?, ¿quiénes son o qué?
- No sé si anda metida en algún problema.- “Está embarazada y el padre de la criatura le abandonó, ¿usted qué cree?” pensó Patricio.- Si la ves, ¿la puedes convencer de venir a casa, o al hospital?
- Sí, claro, pero ahora estoy ocupado.

Le colgó y se preparó para ver a Gina. Seguía siendo tan hermosa como la recordaba. Gina también le reconoció de inmediato. Patricio era de ojos zarcos, a veces celestes y a veces verdes. Gina era de estatura mediana, blanca como la nieve con dientes de conejo y una sonrisa enorme. Ambos estaban nerviosos, pero extrañamente cómodos, como si se conocieran de toda la vida. Incluso por encima de todos los olores, Gina olía a limones, como siempre lo había hecho. Hablaron del paso de los años, luego de mudarse de colonia Gina estudió publicidad, pero nunca se había olvidado de Patricio.
- Es raro,-dijo ella.- eran recuerdos tan hermosos que parecían inventados. Como muchos recuerdos de niños, que ya grande te parecían más grandes, o más agradables.
- Como cuando mis papás me llevaron a la feria, me quedé con el recuerdo de un lugar enorme e inmensamente divertido. Volví a ir hace como un año, todo me pareció más pequeño.
- Exacto, a mí me pasa igual. Es bueno saber que mis recuerdos sobre ti no eran falsos.- Patricio se sonrojó y Gina rió nerviosamente.- Tu celular está vibrando.
- ¿Quién será a esta hora?- El identificador lo marcaba como “López”, pero el único López que conocía era de la oficina, y jamás le llamaría para algún evento social.
- Contesta, aquí te espero.
- ¿Segura que no te vas a mudar de nuevo mientras hablo por teléfono?- Gina se rió y le roció de su whisky mojándose la punta de sus dedos.
- ¿Quién habla?
- ¿Pato?- No había duda, era López, uno de los contables favoritos de Elsa y de los primeros en burlarse de él.
- Sí, ¿qué pasa?
- Oye, fíjate que hubo un accidente. Atropellaron a Elsa. Está bien, aunque se rompió las piernas.
- ¿Cómo fue eso?
- Un auto salió de la nada mientras ella cambiaba una llanta ponchada. Acaba de pasar. Me habló desde el hospital. Estábamos pensando ir allá y pasar un rato con ella. ¿Te apuntas?
- No creo, estoy con alguien.- Miró furtivamente hacia su mesa, Gina le miraba con una sonrisa.
- Pato, no engañas a nadie, tu mano derecha no cuenta como una cita. Todos vamos a ir, no puedes ser el único en no ir, ¿qué pensará Elsa?
- Con su obesidad me imagino que cayó en blandito. Tengo mejores cosas que hacer, vayan y pónganla a pastar.

Colgó sintiéndose Tarzán. Se sentía como el Patricio que disparaba su metralleta encima de su escritorio. Había insultado a su jefa, a su compañero de trabajo y estaba en una cita romántica con Gina. Siguieron hablando sobre sus empleos y sus frustraciones, cuando Patricio unió los puntos. Si Elsa estaba en el hospital, no estaría vigilando la caja fuerte. El plan podía funcionar. Sentía ganas de reír histéricamente, la felicidad lo hacía brillar como una estrella. Aprovechando su ánimo y su nuevo impulso, le preguntó si le gustaría salir a alguna parte el domingo. Probablemente pegaría el huracán Alistar, pero Gina estaba tan emocionada como él.

Esa noche Patricio se acostó con una sonrisa en la boca. Por primera vez todo le estaba saliendo bien. El destino le estaba mostrando clemencia. Su suerte estaba cambiando.

Sábado
Gabriel Correa un día antes del huracán
Humberto Nanché lo recibió en su oficina mientras colocaba periódicos cerca de la ventana. La lluvia empezaba a arreciar y su oficina tenía goteras. Humberto era un hombre de rostro amable y un poco de sobrepeso. Ejercía derecho marítimo y la biblioteca detrás de él consistía casi por completo de libros de cartón que simulan ser antiguas obras latinas. El doctor Oleg y Gabriel habían formado un plan de batalla, aprovechando que casi todos los Nanché eran mormones, Gabriel fingiría ser un especialista en linajes mormones. Un área de gran importancia para los mormones, siempre obsesionados con los linajes y sus ramificaciones hasta su profeta o hasta los profetas de su libro del mormón.
- Me tendrán que disculpar, pero no confío en los catedráticos.- Dijo Humberto mientras encendía un cigarro.- Yo soy uno de ellos. Conozco a los de mi calaña.
- Bueno, pues puede confiar en mí.
- Claro, claro, no me refería a eso. No me gustan los catedráticos por teléfono, eso indica que no les importa lo suficiente para aparecer en persona. Usted es diferente, como aquel otro biógrafo.
- ¿Biógrafo?
- Sí, Julardo Cortez. Está haciendo una biografía sobre Miramón Nanché y nuestros antepasados. Naturalmente, quiere saber de nuestro árbol genealógico. Imagino que usted viene por lo mismo.
- Sí, así funciona mi profesión.- Gabriel tomó un cuaderno y una pluma, fingiendo sumo interés en todo el árbol genealógico. En realidad solo quería saber cuál era el primogénito, y estaba también preocupado por la coincidencia de tener a otra persona buscando la misma información.
- Bueno, pues le tengo una sorpresa. Yo no soy el primogénito.- Gabriel se sorprendió, aunque ya se temía eso.
- ¿Entonces quién es?
- Mi papá estuvo casado por dos años antes de conocer a mi mamá. Su primera esposa, María Julia, falleció en un accidente. Su segunda esposa, mi mamá, Sarah Gil, ya me tenía a mí, después tuvieron a mis hermanos Ricardo y Esteban. Me puse el apellido Nanché, mi papá me abandonó y la verdad que Marco Nanché siempre me quiso como a su hijo.
- ¿Y cómo se llama el primer hijo?
- Hija, es mujer. Penélope Nanché. Pobrecita, siempre fue la más lenta. Anduvo de novia con un Patricio Vol. Al parecer se embarazó de otro sujeto que, obviamente la abandonó. Se separó de Patricio y ahora no sé qué sea de su vida. Vive con mamá.

Hizo un par de preguntas más, aunque ya tenía lo que le interesaba. La intuición del doctor Oleg había sido la correcta, Humberto le había mentido. La primogénita estaba a punto de dar a luz, por lo que cada segundo era precioso. Al llegar a la casa del doctor había otro auto estacionado. El doctor hablaba con un hombre de 38 años, con una barba pequeña, peludo de los brazos y de gran altura, haciéndole parecer un oso.
- Señor Bran, éste es el Gabriel de quien le hablé.
- Encantado.- Su apretón de manos era fuerte, su mirada era escrutadora.- Jorge Bran, pero llámenme Jorge.
- Jorge es un entusiasta de todo lo que tenga que ver con Crowley. Naturalmente, está muy interesado en nuestra labor.
- Devolver esa caja al primogénito es una ocasión de una vez cada generación. No creo vivir para ver otra oportunidad.
- Pero toma asiento hijo, cuéntanos qué pasó.
- Bueno, pues hay buenas y malas noticias.- Gabriel se sentó frente a los dos y disfrutó de los cacahuates en la mesita de café.- La buena es que sabemos quién es el primogénito. Mejor dicho, primogénita. No es Humberto, es Penélope Nanché. Humberto es mayor porque es de otro padre, quien los abandonó, su madre se volvió a casar con Marco Nanché. Marco Nanché tuvo a Penélope con su primera esposa, María Julia quien falleció poco después. Humberto dice que podemos encontrar a Penélope con su mamá, o madrastra según la perspectiva. Le pedí la dirección antes de irme.
- Vamos entonces, no hay un segundo que perder.- Jorge Bran le arrebató la dirección y ayudó al viejo doctor y subieron a su Mercedes Benz.
- Esto es muy emocionante.- Dijo el doctor Vrig.- Estamos en el ojo de un huracán mágico.
- Ya lo creo.- Dijo Jorge.- Ayer secuestraron a Gonzalo Farjat, hijo del dueño de Gran Farjat. Quizás no lo conozcan, pero es el Liverpool de Yucatán. También es mi socio.
- Parece que el viejo Aleister jala de sus hilos.- Dijo Oleg.
- Casi se me olvida. Humberto Nanché me confió que no era la primera persona en aparecerme en su oficina haciendo preguntas sobre primogénitos. Julardo Cortez, ¿lo conocen?
- No.
- No, pero no es coincidencia.- Dijo Jorge.- Habrá que darnos prisa.
- ¿Otra vez lo mismo?- Preguntó Sarah Gil, una mujer arrugada y de largas uñas postizas.- ¿Qué se traen con mi hija?
- ¿A qué se refiere?- Preguntó confundido.- ¿Ha venido alguien más?
- Sí, dos personas. Todos quieren saber dónde está mi Penélope.
- ¿Julardo Cortez?- Preguntó Gabriel.
- Sí, ese fue el primero. Después vino un tipo extraño, descalzo y lleno de collarcitos de pelotitas rojas y blancas.- Se desapareció detrás de la puerta por un segundo y regresó con una tarjeta.- Romino, es lo único que dice. Santero del mercado.

Se despidieron de la señora Gil y platicaron alrededor del auto. Parecía un callejón sin salida, pero Gabriel no estaba de acuerdo. Ahora sabían que no estaban solos. Había más gente metida en el asunto. Jorge decidió que lo mejor que podían hacer era dividirse. Gabriel hablaría con el santero, mientras que Oleg y él buscarían en los hospitales. Si Penélope estaba a punto de dar a luz, entonces no tardaría en acudir a un hospital. Regresaron a la casa del doctor, Gabriel tomó su auto y se fue. Mientras que el anciano doctor iba al baño Jorge aprovechó la soledad para hablar por teléfono.
- ¿Qué es lo que te pasa Romino? No puedes dar tu tarjeta a cada persona con la que hablas.
- Vaya, vaya, pero si es Jorge Bran. Me preguntaba cuándo llamarías. No he dado con la chica, aunque he estado dando algunas vueltas.
- O la tienes o no la tienes. Yo tengo la caja, o la tendré en el momento que me plazca, pero es inútil si no tengo a la niña.
- La superstición no te sienta bien, es solo una caja.
- Una caja que me va a curar mi enfermedad del corazón. Sólo porque no apeste a verdulería, no quiere decir que no sea magia. Magia más poderosa que la tuya.
- ¿A eso me llamas? Puedes contratar mis servicios, no mi dignidad. Si quieres algo, dilo.
- Una persona te va a visitar en cualquier momento. Se llama Gabriel Correa. Es muy peligroso.
- ¿Y cómo se ve este Gabriel Correa?
- Pelo largo, recogido por atrás, es de estatura media, complexión robusta, tiene una barba de dos días.
- Matarlo cuesta el doble de lo usual.
- Sí, sí, maldito médico brujo. Sácalo de circulación y te pago.
- Considéralo hecho.

Poco después, cuando Gabriel encontró al santero, Romino lo saludó por su nombre y le ofreció sus mejores descuentos. Gabriel no sabía cómo sacarle información, por lo que fingió que quería encontrar a Penélope Nanché, el amor de su vida.
- Lo sé, lo he visto en sueños.- Romino cubrió su espacio del mercado con una lona y la aseguró con candados.- Este mercado es peligroso, si uno no se fija le roban.
- ¿Adónde vamos a ir?
- No puedo hacer los trabajos aquí.- Señaló a los cientos de compradores y vendedores que formaban un ruido ensordecedor.- Tengo un cuartito al fondo para esta clase de trabajos.
- ¿Entonces me dirá cómo encontrar a Penélope?
- Claro que sí, y porque me caes bien sólo te cobraré doscientos pesos.

Condujo a Gabriel a través del mercado, empujándole desde atrás. En cuanto doblaron al fondo del mercado para adentrarse en el corredor de bodegas, Romino sacó su cuchillo de su cinturón. La hoja, aún sucia por la sangre seca de su última víctima sacrificial, temblaba de anticipación. Romino sonrió al ver su bodega, nadie lo escucharía y tendría la oportunidad de desaparecer el cadáver fácilmente. Jorge Bran lo haría un hombre muy rico por esto.

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