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thelema en español: Algunas ideas sobre Palabra y Voluntad

viernes, 7 de noviembre de 2008

Algunas ideas sobre Palabra y Voluntad





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El juego entre Palabra y Verbo dentro de la mitología cristiana es digno de admiración, sin embargo, contrario a la opinión popular la creencia hebrea de la creación era muy semejante a la egipcia, según éste relato Ra habló, su palabra era Ptah, y así fue creado el Universo, entre los hindúes encontramos algo similar, la idea de que un tantra “Om” fue el sonido creador parecería unirse a esta colección de “creaciones mediante la palabra”, pero esto no puede ser así, la diferencia estriba en que los egipcios, como los hebreos, y a diferencia de los orientales, divinizaron a la palabra, es decir, conciben que Dios, mediante la Palabra, ha creado al Universo. No creó Dios, creen los judíos, el cosmos hablando, sino mediante la Palabra, es decir, en abstracto.

Los cristianos tienen la genialidad de añadir que no es cualquier palabra, es el Verbo o Logos, sin embargo “Logos” es extensible a cualquier cantidad de definiciones, y prefiero el uso del concepto “Verbo” para esta explicación, que el de Logos. La diferencia entre Palabra y Verbo parece ser que Verbo indica acción o relación, sin embargo sigue siendo palabra, en tanto que la Palabra es, en sí misma, un símbolo, la palabra no posee en sí misma el significado, sino que el Hombre le da un sentido, es un instrumento compuesto de otros símbolos y reglas gramaticales.
Encuentro fascinante la adoración de la Palabra, de lo abstracto y carente de sentido en sí mismo, podríamos reivindicar a la Palabra con el argumento que las palabras se refieren a las cosas, sin embargo hay dos objeciones a esto, en primer lugar, ¿realmente la palabra se refiere a la cosa?
Esto no es así ya que el Hombre se refiere a la cosa mediante la Palabra, y esto es lo importante, “mediante” la Palabra, así como Ra ha creado y ordenado el cosmos objetivo mediante la Palabra, así también el Hombre crea y ordena el cosmos subjetivo, le damos sentido a las cosas al darles un nombre, al designar una palabra para cada cosa. La Palabra, que es en sí misma abstracta, carente de límites, en el sentido de no poseer intrínsecamente su significado, crea y ordena lo particular y concreto, ante este embrollo no es de sorprenderse que se adore a la Palabra, la confusión posee la hermosa cualidad de movernos a la adoración. Y las cosas designadas por las palabras, y así llegamos a la segunda objeción, ¿realmente existen?
No debemos dejarnos engañar por la presunción de decir “pero el árbol posee materia, por lo tanto existe”, dado que aquello a lo cual denominamos “materia” no es lo que comúnmente pensamos, al contrario, y la física cuántica lo sabe bien, las cosas materiales están constituidas, en su mayor parte, de vacío, de absolutamente nada, los electrones, neutrones, etc., no son las bolas de billar que a uno le han enseñado, sino “nubes de posibilidad”, nebulosas donde podrían o no aparecer estas partículas saliendo del espacio y del tiempo sin razón aparente (¿adónde van? No lo sabemos aún). De modo que argüir que la palabra “árbol” posee sentido y valor dado que designa, o se refiere a, un ente material, no es del todo correcto, después de todo, ¿de qué está hecho este ente al que llamamos genérica y arbitrariamente “árbol”? en su mayor parte, de nada, y al desmenuzar sus componentes llegaremos finalmente a los cuantos de energía, paquetes indivisibles de energía cuya naturaleza y leyes no nos son aún comprensibles.
Más aún, y siguiendo esta línea, ¿cómo podemos dar un valor sacramental a un símbolo que expresa nada, o al menos nada real? El Universo es, dice un poema del Libro de las mentiras, “la broma del Universal sobre el particular”, y vaya broma, cuando el particular no existe. Es decir, cuando el particular no nos es realmente cognoscible, incomprensible.
Existe otro ángulo digno de ser estudiado, el evangelio de Juan nos dice que mediante la Palabra las cosas son, y es terriblemente cierto, espeluznantemente correcto, verdaderamente grotesco y angustioso. Si mediante la Palabra las cosas son, y la Palabra no es más que una quimera abstracta e incomprensible, desnuda de toda virtud sacramental, vestida quizás en harapos por la confusión, que se “refiere”, es importante, su realidad consiste en la relación, y no en sí mismo, a cosas que, o bien no existen, o bien no son lo que a uno le parece que son, y que, para terminar con este vergonzoso espectáculo, hace que las cosas “sean”, otra idea abstracta, indefinible e incomprensible, si esto es así, ¿no será que se cumple aquel adagio pesimista de “adoramos siempre lo que nos horroriza”?
La adoración de la Palabra es pues, la adoración del humo, con la salvedad que al menos el humo posee cierta dignidad de ser en sí mismo, la adoración de una quimera abstracta que solo existe en relación a ilusiones, que depende de su continuo uso (en verdad, las lenguas “muertas” son denominadas así por excelente razón), no es de sorprendernos que los adoradores de la Palabra se vean siempre desnudos ante la razón y la realidad como el emperador, escudados quizás por su fe en ilusiones, humo y espejos.
La creación y ordenación, esto posee cierto significado interesante, nos evoca la noción de empezar a ser, pero no solo eso, dado que el caos es en un cierto sentido, sino que la “ordenación”, la jerarquización, el orden, es racional, permite la razón, le brinda sentido a su existencia, en un universo caótico y desordenado, no habría razón, es decir, sería un universo sin razón. Tratamos pues con la cuestión entre lo contingente y lo necesario, me explico, un cosmos desordenado no posee, ni permite, razón, y sobre todo, razón de ser, un valor o sentido. La cuestión es meritoria ciertamente, y los egipcios, así como los hebreos, y más tarde los cristianos a su modo, pretenden solucionar este problema, a saber que lo contingente necesita a lo necesario, mediante la Palabra, colocando un intermediario (cuando se habla de Palabra las alusiones a “intermedio”, “referente”, “relación”, etc., no son mera coincidencia) entre lo contingente y sin sentido, y el Absoluto necesario, esto para evitar la fricción entre lo infinito, ilimitado, absoluto y necesario, con lo finito, limitado, carente de valor, innecesario, y este intermediario termina siendo, en los cristianos, digno de adoración, y recipiente de las innumerables contradicciones que conllevan, contradicciones que, a su vez, se vuelven dignas de adoración, después de todo el cristianismo gira en torno al eje de la contradicción. Nuevamente vemos como lo confuso se torna en icono de adoración.
El problema del necesario versus contingente, en otras palabras el problema del ser, no fue tratado como tal sino hasta los griegos, en cierto sentido desde los presocráticos, pero no por ello debemos creer que no existía, en cierta forma, en las mentes de los sabios antiguos. La búsqueda del Absoluto ha sido el motor de la búsqueda intelectual humana en todos su órdenes, filosófico, religioso, científico, etc., sin embargo, hasta hace relativamente poco, el Absoluto era visto como, o se le creía como, ajeno y distante, incluso en el campo de la ciencia, la búsqueda por el arjé de las cosas nos lleva a terrenos que son contra intuitivos.
Es a finales del siglo XIX y a través de todo el siglo XX, en los albores, es cierto, del Eón de Horus, cuando en vez de mirar hacia el cielo en busca de aquel ente quimérico y misterioso “la Palabra”, vimos hacia adentro, camino en desuso por siglos enteros, en busca del Absoluto. Y es cierto, ¿qué es más evidente que el hecho de que poseemos voluntad?, independientemente de si el hilemorfismo aristotélico, o si el dualismo platónico, o el criticismo trascendental kantiano, son correctos o incorrectos, es verdad que poseemos Voluntad, y eso nos es lo más absoluto que pueda existir.
Es así como la Thelema, y nosotros por supuesto, recorremos de la Palabra a la Voluntad en busca del sentido. Si el mundo de lo particular, que es verdaderamente el mundo que percibimos por los sentidos, el fenómeno (en el sentido kantiano si se gusta), no existe, o bien sí existe pero se nos presenta ilusorio, regresamos al concepto de maya, la ilusión del mundo, y, nos advierte Frater Perdurabo, si el mundo es dolor, hay que saber que es ilusión, y que la vida (aquel impulso vital, la anima en el sentido original del término, el espíritu) es gozo, y que la conciencia (en especial la conciencia de la Voluntad) es éxtasis. Los credos antiguos adoran a la Palabra, al ente quimérico, al emperador desnudo, a la inmunda y grotesca fantasía, pero la Thelema vuelve sus pasos por un momento, constituyendo así un adelanto por cierto, hacia la Voluntad, que no es quimérica, que es absoluta y verdadera.
Regresemos por un momento a la dinámica egipcia (y más tarde extendida a los judíos, cristianos y musulmanes) de creación y ordenación mediante la Palabra, recordemos que cuando se dice “mediante la Palabra” se quiere decir en realidad, mediante el mediador, mediante el cual, mediamos entre la realidad de lo particular (que es maya, ilusión) y la realidad de lo abstracto (que es tan real como lo particular). “Creación y ordenación” por otro lado quiere decir que las cosas sean, es decir, que existan, conformen a la realidad (marco de referencia), y que se le de sentido, razón, valor o justificación.
Ahora bien, si la Palabra ya no crea y ordena, sino que es la Voluntad, ¿cómo funciona? Entramos pues en la cuestión del devenir, ampliamente comentado en artículos y ensayos precedentes, Schopenhauer, siguiendo de cerca las ideas budistas, concibe al cosmos como representación de una Voluntad. Ahora bien, por dispar que parezca, Hegel concibe más o menos lo mismo en otras palabras, según Hegel la realidad es el Espíritu Absoluto, mismo que deviene, su devenir sin embargo no es caótico, sino dialéctico, es decir racional, por ello crea y ordena, y por ende posee una finalidad, y en ese sentido es Thelema, Voluntad, el cosmos es deseo, ¿cómo calificar de pecado al deseo cuando el cosmos mismo ES deseo?, por ello está escrito “la palabra de pecado es restricción”. La voluntad del individuo sin embargo, ¿es otra distinta al Espíritu Absoluto? La cuestión me sobrecoge y fascina, como tentativa de respuesta diría yo que sí y no a la vez, es decir, que en cierto sentido no es lo mismo mi voluntad que el Espíritu Absoluto (en su sentido primordial, Voluntad), y sin embargo a la vez lo niego, desde otra perspectiva por supuesto, dado que la Verdadera Voluntad, es decir, aquello que existe por debajo de mis temporales deseos atados al mundo de la ilusión, es el Espíritu Absoluto que, en su última estancia, como se ha explicado en muchos otros artículos, deviene y se auto realiza en el individuo.
Dicho de otro modo, la Verdadera Voluntad, el “elan vital” (impulso vital) es el mismo anima que el de la realidad, o más precisamente, que la realidad. La diferencia entre la voluntad común y la Verdadera Voluntad es tema central de muchas de las obras de Crowley, sin embargo y a modo de resumen, sea como queramos llamarle a la Verdadera Voluntad, “Deus” (en el sentido de la frase “Homo est Deus”), “santo ángel guardián”, “Yo trascendental”, etc., en esencia sigue siendo la misma diferencia, la inercia del devenir, del Espíritu Absoluto, versus maya, el mundo de la ilusión del budismo.
Sin embargo, si bien se podrá argüir que Schopenhauer ya había dicho que la realidad es representación de la voluntad (aunque no afirme que la realidad ES voluntad), o que el budismo ya había hecho la separación entre maya y real, es importante destacar que la Thelema no propone la “noluntad”, es decir, la carencia o disolución de la voluntad (mística de despersonalización), y no lo hace pues no establece el dualismo moral, típico para quienes se espantan ante una dualidad, donde maya sea malo, el absoluto o realidad última sea bueno, ni un pesimismo, típico en Schopenhauer de tener que formular una sinonimia maya-desesperación, sino que, si nos hemos de unir con lo Absoluto, en vez de disolver a la Voluntad, hemos de abrazar a la Voluntad Verdadera, a la Thelema, al Espíritu Absoluto. La realidad es deseo, la realidad es voluntad, y la thelema no adora quimeras abstractas, la Palabra, sino que vuelve sus pasos a lo que nos es más real incluso a nivel de la experiencia, quizás por eso existe el lema del “iluminismo científico” de Crowley: “el método de la ciencia, el objetivo de la religión”.
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